Por escaso margen, ganó el no a los pactos que firmaron el lunes pasado el gobierno y la guerrilla; Santos, que quedó golpeado, llamó al diálogo a la oposición para retomar el proceso; los insurgentes ratificaron su compromiso

Colombia firmó ayer su propio Brexit latinoamericano, en un año cargado de monumentales sorpresas políticas. Y lo hizo a costa de los acuerdos de paz de La Habana, alcanzados entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC tras cuatro años de negociaciones, dinamitados por la fuerza del “no silencioso”, seis millones y medio de voces discrepantes en un país marcado por la polarización política.

Unos acuerdos firmados hace una semana en Cartagena que hoy son papel mojado ante el estupor del mundo. Cuando ni siquiera han iniciado su vida democrática, los guerrilleros han recibido así su primera lección de democracia. De esta forma se ha gestado también la gran venganza del ex presidente Álvaro Uribe, que siempre ha considerado a Santos un traidor.

“Seguiré buscando la paz hasta el último minuto”, insistió el presidente en un mensaje dirigido anoche al país, flanqueado y apoyado por el equipo que lo acompañó en los cuatro años de negociaciones. A su derecha, el jefe negociador Humberto de la Calle, que hoy mismo viaja a La Habana para informar a los comandantes guerrilleros de la nueva vía que se abre en el país. “Mañana mismo [por hoy] convocaré a todas las fuerzas políticas, en particular a los del no, para escucharlas, abrir el diálogo y determinar el camino a seguir”, aseguró Santos, garante de la “estabilidad” del país, quien hizo énfasis en que sigue vigente el cese del fuego “bilateral y definitivo”.

Un cambio de estrategia, ya que el “presidente de todos los colombianos, tanto los del no como los del sí”, admite ahora que sus opositores también quieren la paz, incluso reconociendo que se había olvidado de una parte del país para conseguir el acuerdo. El mandatario dejó claro que no piensa dimitir y que proseguirá las negociaciones en una nueva hoja de ruta hasta el final de su mandato, en 2018.

Desde La Habana, el comandante Timochenko acompañó la decisión presidencial y adelantó que mantienen su apuesta por la paz y el diálogo. El líder de las FARC no evitó duras críticas a los ganadores del plebiscito y lamentó “profundamente que el poder destructivo de los que siembran odio y temor haya influido en la opinión de la población colombiana”.

Los principales comandantes guerrilleros volvieron a la capital cubana para presenciar por televisión lo que pensaban sería su primera victoria en las urnas. El mensaje al país se confeccionó durante un cónclave de urgencia entre todos ellos. En un tuit posterior, su habitual forma de comunicación (no permitieron presencia de periodistas), Timochenko aseguró: “Mantenemos el optimismo y sentimos el respaldo de la nación”.

El Ejército de Liberación Nacional (ELN), que planteaba iniciar su propio proceso negociador esta misma semana, reaccionó en parecidos términos: “Pese a los resultados adversos, los colombianos deben seguir luchando por la paz”.

La victoria mínima del no se produce por poco más de 50.000 votos, en torno a medio punto, tras un recuento de infarto realizado en tiempo récord. Al 99,90% de las boletas escrutadas, y pese a los retrasos que provocaron los coletazos del huracán Matthew en las costas del Caribe, el no cosechaba 6.430.812 votos, frente a los 6.373.937 del sí.

La abstención se situó en el 62%, en un país de clara tendencia abstencionista. El gobierno había fijado el 13% de votación como mínimo para que se refrendase el resultado. Fue ampliamente superado pese a los temores gubernamentales. A la postre, el susto llegó por donde menos lo pensaban.

Con su respuesta inmediata, el presidente quiso controlar los efectos devastadores para su plan político mientras se multiplicaban las voces para exigir su dimisión. La apertura del diálogo a los sectores más críticos con su gestión le restará, sin duda, margen de maniobra en un giro copernicano: Santos ya figuraba, incluso al lado de Timochenko, como gran candidato para llevarse el Premio Nobel de la Paz.

“El acuerdo lo podemos mejorar entre todos, hoy Colombia les dice a las FARC que queremos que este acuerdo continúe y le vamos a dar todas las garantías”, adelantó el ex vicepresidente Francisco Santos, uno de los líderes del Centro Democrático, a la espera de la postura oficial de su líder, Uribe. La apuesta inicial es por un acuerdo “que hay que reconducir, más estable y más duradero” en busca de la unidad del país. Unas cuantas claves de lo que será la nueva negociación jalonaron sus palabras: “Un estándar de justicia más alto, de manejo a víctimas, de verdad”.

La oposición obtuvo sus mejores cifras en sus territorios habituales, comenzando por la cuna natal de Uribe, Antioquia, donde el no se impuso con el 62% de los votos, números que se repitieron en la capital Medellín. Los otros departamentos que castigaron la propuesta del gobierno fueron el Meta, Huila, Casanare (más del 71% gracias al tirón de su gobernador, el único militante del Centro Democrático y Social) y Norte de Santander, todos ellos directamente afectados por la violencia, los que más sintieron la guerra.

En cambio, en Bogotá Distrito Capital el sí sólo cautivó al 56% de los votantes, que acudieron a votar en medio de un temporal de lluvias. Cali y los departamentos caribeños también apoyaron el acuerdo.

Varios juristas y expertos constitucionales adelantaban anoche que Santos dispone de una vía alternativa a la renegociación: la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. Paradójicamente, esta opción fue la manejada tanto por la guerrilla como por el uribismo en los albores del diálogo.

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